Visitación Diéguez Ortiz “Visi” (1927)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Sopuerta el 10 de julio de 1927.

Lo más bonito es tener contacto con todo el pueblo, quitar diferencias que son lo peor que hay. Lo mejor es ser abierto, hablar con toda la gente y tratarla bien para que la gente te trate bien a ti. Que no haya etiquetas, y que todos seamos iguales para tener tranquilidad; esa es la base principal. Lo más importante es vivir y convivir.


Mis padres, cuando se casaron, marcharon a Panamá, a trabajar en el canal, porque mi padre no quería ser minero. Estuvieron allí varios años. Él, al mismo tiempo,  iba al colegio médico a estudiar. Estudió muchísimo y mi madre lavaba, cosía y planchaba la ropa de unos posaderos.  Cuando vinieron para acá hicieron esta casa y marcharon a Francia para que mi padre terminara sus estudios; pero empezó la guerra de Francia contra Alemania y tuvieron que volver. Se instalaron aquí en el Rallón, 3. Entonces hubo una huelga general y no había trabajo. Como ya tenían unos cuantos hijos, a mí me mandaron a casa de unos tíos en Ampuero, tenía 4 años. Aquí fui muy poco a la escuela y en Ampuero hasta los ocho;  mi tío me ayudaba a leer la cartilla. Había que trabajar mucho, hacer recados, segar la hierba, cuidar las vacas, recoger nabos, partir leña para el fuego, además de hacer alpargatas para una fábrica. Mi tía  nos ayudaba a encintarlas y a coser costados.

Con 15 años volví a casa y aquí también tenía que trabajar mucho, pero no tanto como allí. Mi madre trabajó muchísimo no quedó huerta en Sopuerta que no trabajara. Las dos  íbamos a de jornaleras, a por leña y a trabajar la tierra. Eran las doce de la noche y todavía estaba cosiendo las ropas a los hijos y lavándolas para el día siguiente. Tenías que ir al río a lavar sosteniendo un candil. Era muy trabajadora. Tuvo muchos hijos. La vida de mi madre ha sido muy esclava. Y la mía también. A veces me pregunto cómo estaré yo así, después de todo lo que he trabajado, con todos los sábanos de hierba que he llevado a mis espaldas y las cargas de leña.

Cuando nos casamos tenía diecinueve años. Me levantaba a las siete de la mañana y marchaba a la huerta. A mi hija Mari Tere, que era chiquitina, la dejaba durmiendo y a  mi hermana Milagros, que vivía conmigo le decía: “Si se despierta la niña, me llamas”. Yo estaba en la huerta, me llamaba y venía corriendo, la vestía, le daba el biberón, después ya empezábamos con la comida para  llevársela a mi marido, que trabajaba en la mina. También hacía punto y cosía. Toda la ropa les hacía a mis hijas. Sacaba tiempo para todo. Eran las doce de la noche y todavía estaba cosiendo. Dormía pocas horas, porque antes de que mi marido marchara a trabajar, tenía que levantarme a hacerle el desayuno.

Antes teníamos nuestras horas para entrar en casa. En invierno, a las ocho. En verano, a las diez, casi de día. El novio, después de pasar por donde ti, igual iba donde otra. El mío no, no. El mío era muy formal. Íbamos siempre por la carretera, por donde nos veían. No llevábamos más que catorce meses hablando cuando nos casamos, porque él se encontraba solo. Y como yo me iba a quedar aquí con mis padres, pues mi padre contento; quería que yo me quedara en casa y así fue. Me quedé con mi madre, con mi padre y mi hermana Milagros  que tenía medio cuerpo paralizado. Mis padres no tenían nada de nada. Nada. A mi madre la tuve mucho tiempo en la cama. No tenía pensión porque mi padre murió con 60 años y no llegó a tiempo de solicitarla en el Monte Pío. Antes era muy diferente, no es lo mismo que ahora, que hay Seguridad Social. No tenías ningún seguro ni nada. Los cuidé lo que mejor pude y estoy contenta.

Mis padres murieron y también mi hermana. Murió mi marido hace ya veintiséis años y yo empecé a trabajar. No me quedó otro remedio y eso hizo que mi vida fuera mejorando. Estuve en una granja asegurada, la de Piedad; luego siete años en casa de Isabelita; después estuve de interina y luego empecé a trabajar en la residencia Eguzkia de cocinera; aquí estuve asegurada catorce años.

Me habría gustado estudiar medicina, como mi padre, que curó a muchísima gente,  pero como vino la guerra… Mi padre estuvo preso, y con tanto tiempo como estuvo en la cárcel y los malos tratos…., eso tenía que salir a la luz, los malos tratos que daban a los presos.  Primero estuvo en la cárcel de Santander y luego en Santoña; más tarde le trasladaron a Cádiz, a Puerto de Santa María. Luego le trajeron a León y de ahí le pasaron a la cárcel de Cáceres. Cuando salió en Cáceres fue a un caserío en el que vivía un hombre enfermo, encamado, y en tres días mi padre le levantó de la cama. A mí me habría gustado haber sido como mi padre, haber estudiado, pero no se podía. Los pobres no podíamos. Y contentos, que cuando vinieron de Panamá hicieron esta casa y por lo menos tenían donde vivir, porque si no…

Yo aprendí algo, pero ya no hay lo que usaba mi padre; no lo puedo hacer porque ya no existe. Era pez de resina. Antes había aquí, en esta farmacia. Lo sacaban de algún árbol y algún laboratorio lo hacía. Para las quemaduras hacía pomadas con plantas. Y para el reuma, para el hígado, para los cólicos… Yo le veía hacer. Para una medicación necesitaba siete cosas: miel pura, tocino, cera, aceite de oliva, manteca de cerdo, sebo de carnero sin capar, pez de resina, que no lo encuentro… Eso se ha perdido. Ninguno de sus hijos aprendió. A mi hermano le mató en Llanes la aviación. Ese sí habría aprendido, porque era muy listo, muy inteligente. Con doce años le dijo el maestro que no volviera a la escuela, porque sabía más que él. Tenía una hermana también muy lista, Soledad, te daba detalles de todo.  Fue la primera hija que tuvieron mis padres.

Acababa de cumplir nueve años cuando estalló la guerra. Fue terrible. Lo único que traen las guerras es miseria. Ahora, cuando en la televisión ponen algo de ello, la apago. Hubo racionamiento de alimentos y no te llegaba para nada. También pusieron un comedor en El Castaño donde hacían comida y la llevabas hecha a casa.

Me jubilé, con 65 años, y entonces empecé a vivir la vida más desahogadamente. De las huertas no quiero saber nada. ¡Las cargas de leña y los sábanos de hierba que habrán pasado por mis espaldas! Así que mis hijas dicen: “Ahora a descansar, porque bastante has trabajado”.

Además están  los inventos: la lavadora es como una criada, y el lavavajillas que aclaras un poquitín y no haces más,  pero la calefacción en particular es lo mejor .Con los jubilados he hecho excursiones y actualmente voy al club de jubilados para tener contacto con las  amigas y jugamos a las cartas y hacemos fiesta, bailamos y vamos de comida. Con la asociación de mujeres he hecho gimnasia de mantenimiento y he ido a las comidas, festejos, excursiones. He vivido la vida lo mejor posible.