Milagros Martínez Correa “Mila” (1947)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Sopuerta el 21 de febrero de 1947.

Hay que aceptar las cosas según vienen, pero mejorándolas.13


De los siete a los catorce años estuve en la escuela. Empecé con una maestra de Bilbao,  Merche Marín. La teníamos de posada en esta casa y enseñaba estupendamente. Era multimillonaria: toda la calle Iparraguirre era suya. De cría y de jovencita me llevaba a Bilbao, a su casa, y al cine. Fíjate; en aquellos años. Venían con unos cochazos de miedo. Y unos pisos…

De niña viví con mis abuelos, que me dieron mucho amor y con mis padres. Mi abuela era de Beci y mi abuelo de Revilla, un barrio de aquí. Dormí con mi abuela hasta el día mismo que se murió. Mis abuelos eran muy creyentes los dos; mi madre también, pero mi padre no. Era riojano y tras la guerra pasó dos años en la cárcel. Tenía un hermano que trabajaba en el ayuntamiento en la República y le fusilaron con veinticinco años, a él y a todos los que trabajaban en el ayuntamiento. A partir de ahí mi padre nunca nos demostró fe, pero tampoco nos la quitó. La maestra me hacía rezar todos los días y mi padre se quitaba la boina a la hora de rezar. La maestra iba a misa todos los días a las ocho de la mañana y luego a las nueve empezábamos la clase. Los años que pasó en esta casa fue inmensamente feliz.

El recuerdo que tengo de la escuela es maravilloso. Antes de ir a la escuela me preparaban el burro con dos cántaras de leche para llevarla a la lechería.  Después desayunaba, me aseaba y a la escuela; y con once años salía de la escuela y a la tienda Teníamos vacas y unas barricas de vino muy grandes, de mil litros, que mi padre traía de Logroño. El bar era pequeñito, con dos mesas. Dentro del mostrador teníamos una tiendita con arroz, garbanzos, azúcar, y también abarcas, escobas, estropajos, jabón de Lagarto… Me gustaba lo que más el dibujo y lo que menos el cálculo. A los catorce años, cuando terminó, todas las chicas fuimos a aprender a coser y a bordar. Me habría gustado seguir estudiando, porque las que fueron al colegio tuvieron ocasión de colocarse bien, pero yo tuve que trabajar en casa.

Había unas señoritas de las JONS, de las de José Antonio. Venían a ver la limpieza que teníamos, cómo estaban las clases de limpias o cómo íbamos nosotras. Teníamos que estudiar un librito de José Antonio Primo de Rivera como si fuera un catecismo. De vez en cuando bajábamos a la Cruz de los Caídos de Mercadillo y cantábamos el “Cara al sol”. Ponían una corona de hojas al Cristo y nos parecía que íbamos a una jota. No teníamos ni idea de lo que era.

Si hubiera tenido oportunidad, habría estudiado arte. Siempre me ha gustado. Si tengo un día libre, me voy a los museos de Bilbao; recuerdo, cuando el carné de conducir, que me iba con unas amigas de museos, compras, cenas… y no tenían miedo a venir conmigo. Estuve aprendiendo durante un tiempo con una chica estupenda, Blanqui, con la que descubrí otra manera de expresar mi vida.  Fue un tiempo muy feliz, y luego con Noemí, en un curso de la Asociación.

Mi abuelo tenía ganado, dos toros de la Diputación. Teníamos parada de cubrir las vacas. Entonces venían todos los de alrededor (de Beci, Avellanada, Zalla…) con las vacas para que las cubrieran y  las daban mucho vino cuando parían para que les produjera calor, era una costumbre en los pueblos.  Era otra forma de ganarse la vida, con la tiendecita y el vino. Subía con mi padre y un burro a repartir garrafones a todos los caseríos de Beci. Ahora mismo me acuerdo de todos los ancianos, de dónde vivían. Hacía dos viajes. Subía una vez, me pagaban, bajaba y subía otra vez. Mi padre luego compró una moto y repartía más lejos.

Mis abuelos tenían cinco hijos, y quisieron que mi madre fuera para casa. Y a mí me pasó lo mismo. No contaban ni con mi hermana ni con mi hermano. A ellos les daban libertad de casarse y marcharse. Siempre estuve muy enmadrada, muy unida a mis padres y a mis abuelos. Y siempre mentalizada de que no me iba a marchar de su lado.

Mi tía se casó y marchó a vivir a Sestao. Sabía coser muy bien, hacía unas labores preciosas y convenció a mi madre para que me dejara vivir en su casa de lunes a viernes y aprendiera a bordar. Aprendía con un ramillete de chicas jóvenes de Algorta, Sestao, Portugalete, Santurce… Éramos una cuadrilla grande e íbamos a bailar los jueves a Portugalete, al chicharrillo. Una maravilla. Pasé un año divino. Me compraron una máquina de coser y bordar y mi madre me enseñó a cocinar… Ya tenías la carrera terminada. Mi hermana también aprendió a coser, pero bien, era una artista y enseñó a vecinas de aquí y yo era la modelo de mi hermana. Todos los días estrenaba vestidos. A mi madre le hizo muchísimos y a mí me hizo todos los que sacaba Marisol en las películas.

Un día, tenía yo once años o así, estaba durmiendo con mi abuela y a medianoche estaba nevando. Vino tocando alguien a las cuatro de la mañana. Era un señor: que una gitana estaba dando a luz en el pórtico de la iglesia. Mi madre nunca había asistido en partos. Mi abuela sí, pero como tenía mucho catarro y no podía ir, le dijo a mi madre cómo lo tenía que hacer. Imagínate una noche nevando y la maestra, la señorita Merche, que no había visto en su vida una cosa así, con velas alumbrando y mi madre sacando al niño. Yo le contaba a mi abuela lo que veía por la ventana: “Abuela, están con las dos velas encendidas”.

Llegó un niño y cuando lo forraron con los trapos, resulta que venía otro. Corrieron a casa a buscar más trapos y más hilo y, para cuando volvieron, el niño estaba en el suelo, en la losa, con un frío espantoso. Los trajimos corriendo a casa, los pusimos bien tapaditos al calor. La maestra les trajo de todo. En Carral estaba el Hospital de la Misericordia a donde iba la gente que no tenía medios y a la parturienta la llevaron allí. Los bautizaron aquí en Carral y los vecinos fueron los padrinos, fue un acontecimiento muy bonito, pero luego se marcharon y nunca más hemos vuelto a saber de esos niños.

Mi abuela ayudó a nacer a muchos niños, igual hace de esto más de 100 años. Entonces había familias con 17 hijos, otras con 12, o con 9;  no había parteras y alguien tenía que ayudarlas porque se daba a luz en casa.

En mi casa había hasta 20 personas jóvenes durmiendo en el camarote sin cobrarles nada, porque nos compraban en la tienda la comida del mes y nos llevaban el vino. Cuando venían de trabajar primero cenaban y luego la maestra les enseñaba a leer y a escribir. Recuerdo  estar rodeada de todas estas personas  que vinieron de Andalucía a trabajar, mi hermano y yo haciendo los deberes con ellos.

En los años 70 a mi casa venía mucha gente joven que gritaba “¡Gora Euskadi!”, eran de izquierdas y estaba prohibido decirlo. Los subíamos arriba donde podían hablar y gritar lo que querían. Mi padre lo sabía y vigilaba, y avisaba cuando veía que llegaba la Guardia Civil. Entonces cerraba las ventanas, cerraba todo y se callaban.

Mi madre era una persona buenísima en todos los conceptos, desprendida, el eje familiar; yo he trabajado mucho y he heredado su temperamento. He tenido la suerte de contar con mi hermana Espe para todo y tengo muchísimas vivencias. Me he ganado la vida superbién en esta casa, con mucho esfuerzo, con mucho trabajo, con mucho sacrificio, pero la prueba aquí está.