Marta Ruano Terraza (1924)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida el 28 de octubre de 1924 en Campillo de Llerena, Badajoz.

Para vivir bien es importante llevarse bien con toda la gente, no reñir con nadie y que nadie diga de ti nada. Yo nunca he reñido con nadie, nunca me he pegado con nadie, y me encuentro con mi corazón bien descubierto.


Nací en Campillo de Llerena, un pueblo de Badajoz.  Éramos siete hermanos y todos fuimos a la escuela,  yo hasta los 14 años. Estábamos niñas y niños de todas las edades,  y en invierno llevaba un brasero de mano que me hizo mi padre para no pasar frío, y cuando entraba en calor  lo compartía con los otros niños. Al mismo tiempo ayudaba a mi madre en casa haciendo la comida y en las labores del campo. Donde vivía de pequeña no había tiendas, íbamos a comprar a la plaza. Además, antes de la guerra, en Extremadura  se hacían trueques, cambiábamos alimentos por ropa en las tiendas. Me gustaba mucho ir al pueblo porque vivíamos alejados y mi madre me decía: “Iremos cuando meen las gallinas”. Así que yo me pasaba todo el día mirándolas.

Empecé a salir con trece o catorce años, a fiestas, al cine, al baile… A las nueve tenía que estar en casa. Íbamos vestidas con velo y faldas hasta el suelo. Los chicos no podían vernos nada, y de  novios salíamos de paseo con las amigas y hablábamos en la puerta de casa, con la abuela en medio haciendo ganchillo. Al acabar la guerra, nos quitaron todo y fui a trabajar a Valencia de Torres con un hermano que era panadero y allí conocí a mi marido. Teníamos una casa muy bonita, preciosa,  y las procesiones se paraba siempre junto a ella.

Llevo sesenta años viviendo en Sopuerta. Se vino primero mi marido, a trabajar en  Altos Hornos como refractarista y le fue muy bien. También hizo el cine de Sopuerta, era albañil Al principio vivimos de alquiler durante dos años en un piso en Mercadillo que tenía de todo.  Luego ya tenían que ir al colegio los niños y nos vinimos para La Baluga y vivimos en casas de alquiler hasta que pudimos comprar el piso.

No noté mucha diferencia entre vivir en Extremadura y aquí, he estado estupendamente en todos los sitios,  te vas haciendo al pueblo y conmigo se ha portado toda la gente muy bien, no tengo quejas de nadie. Nunca me faltó nada, había mucha gente amiga que tenía huertas y yo siempre tenía en casa de todo. Hice muchas amistades. Había una chica cerca de casa que era peluquera y que no me dejaba pagar nunca; cada vez que me peinaba tenía que enfadarme con ella para que me cobrara. “Que no, que tú tienes muchos hijos pequeños. A mí no me importa peinarte”. Yo siempre he tenido mucha suerte con la gente. Me he llevado bien con la gente que he tratado y nunca me he enfadado con nadie.

En el barrio de Galicia había gente de Extremadura viviendo y yo iba con mi marido con el brazo malo, pues estuvo muchos años con él roto, y venía cargada con bolsas de alubias, de verduras… Allí tenían huertas.  Aquí poca gente ha habido de Extremadura y han ido yéndose para Bilbao. Cuando se acabó la mina se fueron yendo.

Si podía ganar algo de dinero, también lo hacía. Trabajé ayudando a dar de comer  a los niños en la escuela y me llevaba a mi hija pequeña. La mujer del maestro la sentaba en un pupitre y le daba cosas para entretenerla. En verano iba donde una señora de Madrid todos los días a pasarle la aspiradora a la casa y limpiarle los baños. Cuando mis hijos iban al colegio, me iba yo a trabajar. Cuando mi marido se colocó y trabajó, yo no he tenido que trabajar para nada fuera de casa. Trabajé en la carnicería porque nos llevábamos muy bien la carnicera y yo y, cuando hacía morcillas  me decía: “Ven a ayudarme a picar cebollas”. Porque ahora hay máquinas para todo, pero entonces no, entonces se hacía con cuchillos, a mano.

Entré en la Asociación y hacíamos ganchillo. Tengo muchas cosas que me han regalado en los colegios, las mujeres y los jubilados, cuando cumplí los 80, los 85 y los 90. El día 8 de marzo se le entrega un premio a la socia más antigua o más mayor y me ha tocado.

Siempre he hecho ganchillo y ahora nos juntamos los viernes; también punto de cruz, y a la profesora que tenía en el pueblo le tuve que hacer una sábana  bordada con este punto. Hacía manteles y servilletas; les ponía nombres y no lo consideraba trabajo, lo hacía como un regalo porque me gustaba mucho

Yo me he sentido muy bien aquí, con todo el mundo, con toda la gente y toda la gente se llevó muy bien conmigo. No he tenido ninguna queja de nadie.