María del Carmen Garay Escuín “Mari Carmen” (1944)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Galdames el 5 de julio de 1944.

Si volviera atrás, no dejaría el trabajo. Eso de quedarte en casa con los hijos… Ahora hay guarderías. Hace cincuenta años, ni por días. Hay que trabajar. La vida es completamente distinta. Mi consejo es que siga todo el mundo trabajando.


Éramos seis hermanos. Mi madre nos mandaba a la escuela a Las Rivas, un barrio de Galdames,  y estuve de los seis a los catorce años, pero la vida la hacíamos en Sopuerta, la catequesis, las fiestas, porque estaba todo más cerca. Vivíamos del ganado y, aunque queríamos aprender más, no pudimos seguir. En la escuela, a las pequeñas las atendían y enseñaban las mayores, y mientras tanto la maestra atendía a otras.

Fui a aprender a bordar y como a los quince años tenía que ganar algo, me dijeron que Isabel estaba buscando a alguien para lavar cabezas y aprender de peluquera en Mercadillo y allí estuve año y medio. Pero quería ganar más, porque allí me daban la comida y nada más, y me fui a Bilbao. Estuve en una peluquería cerca del puente de La Merced cuatro años, cobrando y sin asegurar. Luego vine a Somorrostro. A los veinticuatro me casé y dejé de trabajar. Fui a vivir a la casa de  mi marido que vivía con unos tíos solteros, dos hombres y dos mujeres en La Venta.

Dejé la peluquería, pero algunas mujeres de por aquí me pedían que fuera a peinarlas a su casa y me dediqué bastante tiempo a eso. Llevaba un secador de mano y todos los artilugios, hasta  para hacer la permanente; arreglaba las cejas, hacía la manicura, hablábamos y tomábamos café. Era una tarde de fiesta para las mujeres y a mí me daban un sueldillo. Como en  casa había mucho trabajo, porque eran dos mujeres y dos hombres y llegaron las hijas; entonces ya lo dejé y me dediqué a su cuidado. Pero a mis tíos, a mi suegro y a mis tías les hacía también la peluquería.

Me quedé pronto viuda tuve que enfrentarme de repente a situaciones que nunca había pensado. Mis tíos me ayudaron mucho porque  a las mujeres nos quedaba de  pensión el 40% de lo que cobraba el marido; además era  triste  porque tenía que hacer de padre y de madre a la vez. Puse todo mi empeño en que mi hijas fueran a estudiar una carrera y así fue.

Esta casa tiene 110 años aproximadamente y según contaba mi tía, hace  unos ochenta, estaba la escuela de párvulos, en la planta de abajo a la  que acudían unos sesenta niños. Había desde párvulos hasta sexto. Porque entonces había muchísima gente en las minas que  venían con sus hijos. Y también se daba el racionamiento de la mina. Había un mostrador, tenían para pesar lo que daban (aceite, tocino y todo eso), lo pesaban y venía la gente a recogerlo. Junto a esta casa había unos seis caballos para la mina; a las cuatro y media de la mañana venía a darles de comer un señor de El Castaño y para las seis se los llevaba, les daban pienso y estaban enormes. Les enganchaban a unas vagonetas que iban por raíles y transportaban el mineral. Luego por la noche los bajaba otra vez, a quedarse allí. Les echaba mi tío el pienso. En esta casa se repartía leche y también, cuando tocaba el cuerno de las 12 en la mina, los trabajadores venían a comer aquí. Y en la tercera planta tenían huéspedes.

En mi juventud en Sopuerta lo único que había era la plaza de toros. Ni frontón, ni piscinas. Nada. Quiosco sí, pero muy viejito. Había banda de música y tocaba un domingo en Mercadillo, donde el ayuntamiento, y otro domingo en La Baluga. Frente a la iglesia había un cine que era catequesis. Cine había solo domingos y festivos dos sesiones, primero los niños y luego los mayores.

Luego hicieron ahí un colegio para chicas y la mayoría, mi cuñada y todas, estuvieron hasta los diecisiete o los dieciocho años. No como nosotras, que a los catorce ya terminamos. Y quien podía iba a Bilbao o a clases particulares, pero mi madre no tenía para pagárnoslo; no había dinero.  En Sopuerta estaba el colegio de San Viator, que donó Doña María Quintana, donde se impartía maestría. Venían chicos de Karrantza, Castro, Guriezo, de todos los sitios. A mi casa vinieron a vivir unos primos de Arcentales para poder estudiar, no había autobuses para trasladarse y a cambio la familia les daba chorizo, patatas, alimentos para mantenerlos. Fue un gran cambio para Sopuerta, a mejor. Fue la vida para Sopuerta, la vida.

En el taller de pintura empezamos cuando una amiga de Arantza, Rosa, terminó Bellas Artes y quiso formar un grupo. Entonces la Diputación no daba dinero. El padre de Rosa nos conocía, que ha sido vecino nuestro, me regaló una cacharra de la leche pintada con unos tulipanes. Entonces me animé y empezamos precisamente en una sala de estas; ella pagaba a los curas un dinero por el alquiler de un local y allí estuvimos un tiempo. He  ido a pintura doce o trece años. Hacíamos excursiones, comidas de fin de curso, y  meriendas de cumpleaños, subíamos un termo de café y nos lo pasábamos muy bien, aparte de que pintábamos. He recorrido muchísimos países: Rusia, Noruega, Alemania, Líbano, Cuba, Rumanía, Polonia, Yugoslavia… Al principio Rosa era nos explicaba muchas cosas en los viajes, luego empezamos a contratar guías. Este grupo estuvo muy bien, y sigue. Yo lo he dejado hace poco.

Mis tías eran solteras y vivían bastante bien. Tenían ganado: ocho o diez vacas. Mi tío trabajaba en la mina y ellas hacían la comida y compraban todo con lo que sacaban de la leche. Luego se sembraba y se mataban cerdos. Sus padres le dejaron el caserío a mi tío para que tuviese a las hermanas; como eran solteras…

Un médico con el que tenían bastante amistad dijo: “Estas solteras, como no trabajan en ningún sitio, las ponéis en la cartilla por enfermedad”. Y cuando murieron mis tíos, les quedó una pequeña pensión, mínima.

Había  una especie de seguridad social por el trabajo en el campo a la que . podían apuntarse las mujeres, pero mi madre no quería porque la pobre no tenía los cinco duros que costaba al año, aunque al final lo hizo. Venía el alguacil para cobrarlos. Al final mi padre tuvo un retiro de las minas y mi madre, de labradora. Le costó terrible pagarlo, pero consiguió su pensión y cobraba más que mi padre.

Mi padre en la mina se hizo algo en el codo y se quedó como inútil. Luego puso el ganado. Mi madre lo pasó muy mal, con tanto crío. Mi padre recién operado y ella con cuatro. Yo donde mis tías estaba mucho mejor, porque ellas vivían mejor: tenían dos hombres en casa, ganaban sueldos y sembraban.

Cuando me casé no quería dejar de trabajar. Si no hubiera dejado de trabajar de peluquera, mi vida habría sido distinta, me habría relacionado con más gente, en vez de encerrarme.

Si volviera atrás, no dejaría el trabajo. Eso de quedarte en casa con los hijos… Ahora hay guarderías. Hace cincuenta años, ni por días. Hay que trabajar. La vida es completamente distinta. Con veinticuatro años para mí ya se terminó, aunque he estado contenta, porque he vivido bien, pero no he estado con la gente. Mi consejo es que siga todo el mundo trabajando