María Concepción Ulloa Diéguez “Conchi” (1945)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Sopuerta el 8 de diciembre de 1945.

Para vivir es importante estar alegre, pensar en positivo, porque si estás pensando en negativo, te mueres poco a poco, de tristeza. Y ver feliz a los que te rodean. No hacen falta grandes cosas para ser feliz; solo que te sientas importante, que te sientas querida.


Yo he nacido en el barrio Galicia, El Alisal. Entonces a las minas venían muchos emigrantes y, como había muchos gallegos, llegaron a llamarle el barrio Galicia, pero es el barrio El Alisal.

Mi padre trabajaba de sol a sol; se levantaba a las cinco, en cuanto amanecía, e iba a la huerta. A las ocho entraba en la mina y a las doce, cuando tocaba el cuerno, subía a comer, y si le quedaban diez minutos para picar leña o para sacar las camas del ganado, lo hacía. Luego volvía a la mina, a las cinco salía y otra vez a la huerta. Su vida era eso. Los domingos con mi madre al cine.

Con ocho años iba con mi madre al lavadero. Mientras ella lavaba la ropa blanca, yo lavaba la de trabajo de mi padre, y me encantaba. Era muy feliz. Me daba igual que fuera invierno o verano, no le ponía ninguna pega. Luego, con once años, mi madre estuvo mala de la pierna y yo salía de la escuela a las once y media, cogía la cesta de la comida y se la llevaba a mi padre, a Artatxo. Comía en casa, fregaba el plato y otra vez a la escuela hasta las cinco. Por la tarde jugaba con las amigas.

Tengo unos recuerdos muy bonitos de cuando mi madre se ponía a jugar a las tabas con nosotras en la cocina. En la calle  jugábamos a la  cuerda, a la pelota, al trincho…  Y con los botes de tomate al “bote la patada”. Cogías el bote, le echabas piedras pequeñitas, lo llenabas, le cerrabas la boca, lo ponías de pie, lo tirabas y al que le tocaba, tenía que ir a buscarlo y luego tenía que irnos a buscar a todas. Nos escondíamos, iba buscándonos y decía, por ejemplo: “Conchi, que salga”.

Otro juego muy divertido era con los aros de los baldes de zinc. Mi hermano sabía hacer aviones de papel y cometas. Con los aviones nos divertíamos lanzándolos a ver cuál llegaba más lejos. Y no te creas, que volaban bien. Y la cometa, lo mismo. Luego llegaba la hora de hacer los deberes y, en cuanto te pegaban un silbido, ibas para casa volando. No decías nada.

Yo no recuerdo haber pasado hambre, pero sí necesidad. El chocolate no me gustaba mucho. Mi madre subía una tableta y la iba repartiendo poco a poco, para que le durara al menos dos días, porque éramos tres. Pero conmigo no se gastaba chocolate. ¿Sabes qué hacía? Cogía el pan, iba para la fuente, lo remojaba y le echaba azúcar que llevaba en un papel envuelto, porque el azúcar me encantaba. Cuando lo cuento me preguntan si no podía mojarlo en leche y yo respondo que la leche también estaba contada.

Mis padres tuvieron una vaca lechera, y luego tuvieron novillas y cerdos; matábamos todos los años el día 8 de diciembre, en mi cumpleaños. Para la matanza mis padres tenían ayudantes. La abuela de Merchines Carballeira venía a ayudar a mi madre a hacer las morcillas y los chorizos. Yo también  ayudaba: había que cortar la cebolla y el perejil, ir a limpiar las tripas a la presa… Me daba mucha rabia porque no disfrutaba en mi cumpleaños. Bueno, disfrutaba así también.

En la escuela estuve hasta los catorce años. Más no pude y me encantaba porque allí aprendía. Pesqué unas lloreras terribles. Primero estuve con una maestra que se llamaba doña Eloína, enseñaba muy bien, era una maestra excepcional. Estuvo muchos años con nosotras y luego se tuvo que marchar.  Lloré un montón. Luego tuvimos otra que se llamaba doña Juanita; pasó de los chicos a las chicas y era más de cascarte. Nos pegaba reglazos en las manos y nos castigaba de rodillas. A mi hermana le rompió tres veces las gafas de los tortazos que le dio.

Me casé pronto. De las colonias de Amorebieta vine con catorce años. Llegué a casa, me asomé a la ventana y vi a un moreno muy guapo que subía por la cuesta. Me dijo mi madre que era  uno que había  venido a trabajar a la mina y que vivía donde Guillerma, de posada. Y ahí se quedó la cosa, pero a la mañana siguiente, cogí el balde para ir a buscar el agua al lavadero y en el camino oigo un silbido, miro, me guiña el ojo y me tira un beso. Me marché más contenta que unas pascuas. Manolo era guapísimo; ahora todavía lo es con 74 años.  Llegó el domingo y bajamos a misa Carmen Amigo, Isabel, Luisa y yo, las cuatro. Y él subía diciéndole a un amigo: “Me he comprado una jabardina”. Lo decía en gallego y a nosotras nos hizo una gracia terrible. Al día siguiente cuando salimos de misa, querían subir con nosotras y nosotras nada. Yo subía con las amigas muy contenta; no tenía ganas de novio, pero me hacía ilusión que alguien se fijara en mí. Por la tarde fuimos a bailar, bailé con él y hasta hoy.

Mi boda fue muy original. Salimos de casa de mis padres y mi hermano conmigo, que fue el padrino. Mari Carmen, la de Capetillo, la madrina, con el novio adelante; los invitados en medio y nosotros detrás, por toda la vía abajo hasta la iglesia. Don Francisco no nos quería casar porque yo era muy cría y no habían llegado los papeles de Manolo. Y entonces don Jesús, que acababa de venir, dijo: “No se preocupe, tío, que ya los caso yo”. Nos casó él y nos ha vuelto a casar en las bodas de oro. He querido que viniera él y para mí ha sido una experiencia muy bonita.

Nos fuimos a vivir a una casa muy pequeña. En la habitación cabía una cama de 1,20 que me la compraron mis padres, y la cuna de la nena. No tenía ni un armario para meter unas bragas, ni sábanas, ni toallas, ni nada. En la cocina estaba la chapa, la fregadera, una cómoda, un mueble para meter cazuelas y sartenes, la mesa, que era pequeñita, dos banquetas y nada más.

Llegó la hora de dar a luz; rompí aguas a las ocho menos cuarto de la mañana, pero no sabía lo que era, a mí nadie me había explicado nada. Pasó Eduardo, el hermano de Trini, y le di una nota para mi madre en la que decía que bajara, que no sabía lo que me pasaba, que no hacía más que mear. Ella llamó a Provi, la comadrona de El Gallinar que me atendió, mientras mi madre me agarraba por detrás, la pobre, que le caían  unas gotas de sudor.. Y nació esa preciosidad de niña, le dieron unos azotes para que llorara. Me levanté cogí a la niña y la tapé. Mi madre estaba orgullosa porque no grité y los vecinos no me oyeron. Mi hijo nació en casa de mis padres y me atendió Jaime el practicante que tardó mucho en llegar porque perdió el maletín por el camino y tuvo que volver a buscarlo.

Bajé a vivir al Castaño y no tenía a nadie. Allí conocí a Juni, la del bar Jayo, que me abrió sus puertas y fue como mi segunda madre; me enseñó a cocinar, a hacer pasteles, ganchillo, punto… Nuestros maridos se hicieron amigos y de vez en cuando íbamos a alguna actuación a Castro, a Bilbao, y cuando ellos salían por la noche iba a su casa a esperarlos hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Salir las mujeres así era impensable. Cuando murió sentí mucha tristeza.

Las vecinas nos ayudábamos entre nosotras. Si necesitabas una taza de arroz, o de azúcar o de otra cosa ibas donde la vecina y te lo daba; no lo devolvíamos porque otra vez lo necesitaba ella y se lo dabas tú. Ahora es más cada uno en su casa.

Cuando empezó la asociación nos preguntaron qué queríamos hacer y yo dije que teatro. Nos apuntamos una pila y tuvimos de profesor a Kepa y después a Noemí.  Estuvimos ensayando muchas veces en el sitio de la coral, con la puerta abierta, casi en la calle, con un frío que para qué. Yo estuve muy bien. Aprendías a reírte de ti misma y a quitar la vergüenza. Porque siempre he sido muy vergonzosa, siempre me he sentido muy fea y muy ñoña. Pero lo sacaba adelante. Estrenamos una obra y la llevamos a diferentes sitios, “Como la vida misma” se titulaba. Nada más los aplausos y lo que se ríe la gente, eso ya te aporta un montón. Si no fuera por el teatro, estaría muy agobiada y muy mal, porque con mi madre no saldría de casa. De casa al hogar, del hogar a casa, de casa al paseo, el paseo de la mañana y el paseo de noche. Bajas a cerrar las gallinas, subes, haces la cena, haces la comida… el teatro me hace olvidar un poco.

Hay que tener algo en la cabeza, algo que te aporte. No es tener dinero. Yo, teniendo para comer y poco más, soy la persona más feliz del mundo.