Mª. Teresa García Charramendieta “Tere” (1925)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Alén el 7 de marzo de 1925.

Para vivir bien tiene que ser uno tranquilo y conformarse con lo que es y con lo que tiene.


Nací en Alén. No he pasado mala vida. De la guerra me acuerdo mucho,  el frente lo tuvimos allí. En Barrietas había una estación y un plano por el que subió toda la tropa nacional. Los nacionales subieron y los rojos estaban arriba, en Alén. Allí estuvo la aviación y las bombas. Todo. Eso lo recuerdo yo estupendamente. La guerra no es cosa buena, se desgracian las familias, hay hambre… Cuando empezó la guerra no sabíamos lo que era.

Nosotros nos escondíamos en unas galerías hasta que pasaba la aviación. Tiraban las bombas. ¡Cuántos muertos! Los bombardeos duraron bastantes días, hasta que pasaron el pico de Alén para Santander. Subieron  unas camionetas del bando nacional, recogieron a todos los jóvenes, los llevaron y no volvió ninguno. De unos quince jóvenes que fueron a la guerra, no volvió ninguno. De mi familia, un tío. Toda la juventud se quedó allá. Yo entonces tenía doce años, más o menos

En mi casa estuvieron los militares en una lonja que teníamos, donde metían la leña mis padres. Allí hicieron la cocina y nos daban cosas: leche condensada, queso… Me acuerdo muy bien porque entonces no había nada: lo que cogíamos en la huerta y nada más. Pero durante la guerra no se podía ir ni a la huerta porque había constantemente combates. Antes de empezar el frente ya empezó el racionamiento..

Fui a la escuela hasta los catorce años, tuve  una maestra que  era de Alén y otras  no eran del pueblo, recuerdo de una que venía de Arcentales. Ayudaba al mismo tiempo a mi madre, porque éramos siete hermanos, y también a mi padre en la huerta, me gustaba mucho coger los pimientos, las cebollas.. y también a segar el trigo con la hoz y la hierba con el dallo, todo a mano, porque no había máquinas.  Cuando salí de la escuela fui a coser y a bordar.

Me casé con veintiún años. Mi boda fue de casa a la iglesia y nada más. Se iba andando. Marchamos de viaje de novios a Santander dos días. Bajamos a Barrietas a coger el tren a Traslaviña. Allí tuvimos que esperar al tren que venía de Bilbao para ir a Santander. Tuve tres hijos y di  a luz en casa de mi madre; con la comadrona, que la llamaban la partera, tuve a mi hija. Después ya viví en la casa de Elvira y nacieron  Carlos y Gaspar, pero ya con médico, don Tomás. Entonces se paría era en casa. Tuve los partos normales, bien. Se conoce que tanto los meneabas trajinando que… Es verdad. Si estás quieta costarán las cosas más, pero andar para arriba y abajo, de casa a la costura, de aquí a casa…

Trabajaba fuera y trabajaba en casa. Todo lo de casa lo hacía yo. Me levantaba entre las seis  y las siete de la mañana. Los hijos marchaban a los colegios y yo arreglaba la casa. Planchaba, lavaba… Entonces no había lavadora. Había que ir al lavadero a lavar. Venir, colgar la colada y luego por la tarde o por la noche, cuando podías, recogías la ropa seca  para planchar.

Yo por las mañanas no cosía, iba al taller después de dar de comer a los hijos; marchaban al colegio, fregaba, limpiaba la cocina y ya iba a coser, a las tres o a las cuatro de la tarde hasta las nueve de la noche. Después venía, les daba de cenar a todos, iban a la cama y seguía cosiendo. He ido muchas veces a la cama a las dos o a las tres de la mañana y a las seis ya estaba levantada. Mi marido hacía los pantalones a máquina y luego yo los hacía a mano enteros. He hecho más ojales que pelos tengo en la cabeza. Y así. Esa vida es la que he llevado yo. ¡Trabajar!

En esta casa de al lado vivía mi suegra y  cosíamos todos los hermanos, todos sus hijos: Jesús, Quico, Miguel y Julia. Julia y yo hacíamos los ojales a las camisas. Se hacían trajes de paño para  las bodas, pantalones de mil rayas, de calle,  bombachos de francesilla para los trabajadores…. Estábamos todos como una piña, trabajando mucho. Yo no recuerdo haber trabajado en ningún sitio más que ahí, toda la vida. Hasta bien mayor ya, los hijos ya casados y todo y seguía trabajando en la costura.

Los pantalones al principio no me los pagaban; después, sí. Por cada pantalón me daban un duro, cinco pesetas; y por las camisas, ya no me acuerdo si eran dos pesetas. Hacíamos ropa  para muchos sitios, no solo para Sopuerta: Arcentales, Carranza, Castro, Sámano, Hayedo, Galdames…. Los hombres cosían en las máquinas, había cinco o seis máquinas. Al principio hubo tres o cuatro chicas también trabajando ahí; también les pagaban y las tenían aseguradas. Chicas de Sopuerta, sí. Ya han muerto todas.

Ya murió mi suegra con 96 años que estuvo trabajando hasta que enfermó. No he visto mujer más trabajadora en la vida, cogía la máquina y el pedal volaba. Mi marido, Alfredo, murió muy joven, con 59 años, y me dieron una pensión de 4.500 pesetas. Yo seguí trabajando ahí y no tuve jubilación porque trabajaba a obra hecha. Nos pagaban al mes y ya estaba, no estábamos aseguradas ni nada. Mi marido y los hombres sí, pero las mujeres de la familia no, ninguna. Pero trabajaban todas las mujeres, todas las nueras, hasta la hija.

Hacíamos las compras en Sopuerta. Íbamos a El Castaño o a Mercadillo. Aquí había tiendas. Los de Jayo tenían tienda de ultramarinos. Y estaba la carnicería de Antonio Moreno. En La Baluga, también había ultramarinos. Mi abuelo José  también puso una taberna en el Sel donde  vendía vinos  y,  más tarde, comestibles.  Así que muchos nos arreglábamos allí. Pero, bueno, había que bajar si querías carne. Y subía gente a vender pescado en coche y furgonetas. Francisco el panadero, el padre de Elenita,  también subía. En invierno, cuando nevaba, no podía subir nadie, ni panadero, ni pescaderos, ni carniceros. Nadie. Había que bajar como se podía. Ahora nieva muy poco, pero entonces qué nevadas más terribles eran. Los mineros igual estaban quince días sin ir a trabajar.  Los obreros que de aquí subían a las minas de Taramona, no podía subir y los del pueblo tampoco. La mina paraba hasta que se quitaba la nieve.

Yo he llegado a estos años porque me he conformado con lo poco que haya tenido, no he envidiado lo de nadie. Estaba contenta con lo que tenía y nada más. Tuve a mi marido que fue muy bueno, buenísimo como marido y como padre,  no había hombre mejor en el mundo. Si tenía dolor de cabeza, me llevaba el desayuno a la cama. Y los hijos, también buenos. Con la familia siempre nos hemos llevado  muy bien.