Mª. Pilar Diéguez Ortiz (1920)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Sopuerta el 16 de febrero de 1920                       

Vivid como mejor podáis sin hacer caso a nada de lo que os digan. Yo os aconsejo que no fuméis, que no bebáis alcohol y que os cuidéis lo mejor posible.


A los siete años me fui a cuidar niños a cambio de comida, a Las Muñecas, todavía están vivos los chavales; y después a Carranza, a cambio de comida y estancia. Más tarde estuve en Beci, en casa de la maestra doña Sara Noriega y con ella aprendí todo. Me quería con locura. Tenía yo trece años.

Después bajé a casa. Mi madre trabajaba como una esclava. Hemos sido catorce hermanos: siete hembras y siete varones.

Estuve dos años y siete meses trabajando en la mina para mandarles el dinero. No me quedaba ni con un céntimo. Si quería hacerme ropa, ¿sabes lo que tenía que hacer? No me lo querréis creer, pero es así. Había unos sacos donde venía el azúcar, unos sacos de tela muy fina. Pues con dos sacos de azúcar que me regalaron en una tienda me hice dos faldas. Una la teñí de azul celeste y la otra de rojo. Con esas dos faldas estuve vestida durante años. No podía ni comprarme unas alpargatas porque no me quedaba dinero para nada.

En la mina trabajaba en el platillo. Tenía que coger todo el escombro mayor que venía. Lo lavaba el tambor, pero yo lo cogía, lo limpiaba y al cesto. Dos años y siete meses estuve. Entré con dieciséis años, hasta los dieciocho y pico.

Luego estuve sirviendo en Bilbao, en casa de una familia maravillosa, los Altuna.

Después me casé y viví unos meses con mi suegra en El Alisal,  pasé a vivir a la casa grande y tuve tres hijos maravillosos. Poco a poco fuimos modificando la casa de mi suegra, que había fallecido,  y levantamos una planta para vivienda. Mis hijos traían las piedras para las paredes desde El Gallinar, las metían en las cestas de la burra y hasta casa.

Trabajé muchísimo. Mucho. Fui a plantar eucaliptos al monte junto con otras mujeres, quería comprar unos vestidos nuevos a mis hijas para estrenar en Santa Ana. Dejé a todos los hijos chiquitines durante tres meses a cargo de la hija mayor. Iba desde Sopuerta hasta Barrietas. Dormí dos horas durante años. Cuando me casé pesaba 60 kilos; cuando plantaba pinos, 36.

Mi hijo ya sabe todo por lo que he pasado, estudió en San Viator y  yo trabajaba de interina. Acabó con 18 años y fue a trabajar en Babcock Wilcox y con el primer sueldo me compró una lavadora que teníamos que llenar con el agua que traíamos de la fuente del lavadero hecho por Virilo.

Entonces solíamos ir andando por la vía del ferrocarril, de la mina a Castro. Bajaba a El Castaño a comprar, pues entonces allí había tiendas. Iba mucho a la de Gertrudis. No teníamos ni burro ni nada. Un día vine cargada con un sábano de hierba que me cubría entera. Pasamos por delante de la casa y me dice mi hija: “Ama, mira”, había una culebra en la ventana, donde metíamos la hierba y no era pequeña. Entonces le dije: “Voy a comprar una burra, no vuelvo a cargar una hierba a costilla ni loca”. Entonces compramos la burra” y gracias a eso no cargaba ya hierba, que si no, sube toda la huerta, toda la campa, entre manzanos, te agarra un manzano, te tira y tienes que volver a apilar la hierba. ¡Qué vida! Aquello no era vida. Aquello era una esclavitud.

Pasaba con lo que tenía y era  feliz. Yo era feliz con mis hijos. Les ponía en la calle un sábano de la hierba limpio para que saltaran y jugaba  a las tabas con mis hijas.  Hacía de ellos mi vida, y al hijo le decía: “Vete a jugar con los chicos, con los chavales”.

He sido muy pobre, he tenido que trabajar mucho, pero lamparones en la ropa jamás me ha gustado llevar; jamás he llevado un lamparón. Mi madre, la pobre, con el trabajo que tenía, tenía máquina de coser y nos hacía la ropa. Yo, cuando estaba en casa con ella, iba a lavar baldes de ropa, esos baldes grandes de zinc, enormes, que había que llevar entre dos casi; en el Rallón hay unas salientes de agua que en verano sale fresca y en invierno caliente. Yo le ayudaba a lavar los pañuelos y los calcetines arrodillada  en el suelo, porque no había lavadero, era el río. Mi madre ahí estaba todos los días lavando pantalones de los hombres.

Trabajaba en lo que salía, madre mía lo que trabajaba. Como yo. Más o menos. Yo menos, porque no tenía que estar de rodillas todos los días; en el lavadero de la mina estaba de pie. El encargado me dice un día: “Tienes que subir con los hombres allí arriba, a los pinos”. Y le dije: “No, a mi no me mandes, José Antonio”. Porque yo iba con falda. Y me dice un vecino: “Pili, ¿te acuerdas de cuando te dejaba el bombacho para ir a plantar pinos?”  “Claro que me acuerdo”. Con el bombacho subía, sin él no  porque, claro, los hombres abajo y yo arriba, fíjate tú. Lo mío era mío, no era para que lo viera nadie.

Me casé enamoradísima con 23 años. Fue mi primer novio y el último. Nunca había hablado con un hombre. No me interesaba ninguno más, qué le vamos a hacer. La vida es así. Muchas veces sueño con él y le estoy dando cacharrazos.

Os voy a dar un consejo: Yo nunca he criticado a ninguna vecina ni a nadie; al contrario. La juventud me encanta. Los niños me chiflan, me han gustado terrible: todos los vecinos del barrio se han criado en mi casa. En mi casa han estado todos, chicos y chicas. ¿Sabes lo que hacía? Con harina de trigo y maíz, que bajaba al molino a buscar, les hacía galletas y las metía al horno, sin freír. Así me querían. Ahora mismo hay vecinas que me dicen: “Cómo subía a tu casa a comer”.

Yo os aconsejo que no fuméis, que no bebáis alcohol y que os cuidéis lo mejor posible. Yo me cuido mucho, no como de todo: la carne no la pruebo; el pescado sí me gusta, pero la carne no la pruebo. Y mucha verdura.