Mª. Elena Orrantia González “Elenita” (1941)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida el 16 de abril de 1941

Lo importante para vivir es ser buena persona y no hacer daño intencionadamente a nadie, y procurar que los hijos sean independientes, que tengan estudios y trabajo para que puedan realizar su vida.


En mis primeros años en Sopuerta fui muy feliz, con una libertad tremenda; todo el día en la calle, nos conocíamos todos e íbamos a las casas de los vecinos con toda tranquilidad. Muy buenos recuerdos tengo de muy buenos amigos y amigas y un ambiente muy bueno. No manejábamos dinero, no teníamos, nos conformábamos con cualquier cosa, y muy a la orden de lo que te decía tu padre o tu madre, estar a la hora, hacer esto o lo otro.

Fui a la escuela de La Venta. No quería ir. Las profesoras tenían la mano ligera. Tendría yo cuatro o cinco años, me dormí, vino doña Amancia y me dio un cachete. Empecé el bachiller pero no lo terminé; hice hasta segundo. Iba donde Mª Luisa Baliñas a clases particulares. Las chicas hacíamos costura, estábamos en casa para ayudar y luego casarnos. Ese era el plan de vida. Aquí en Sopuerta estudiaron muy pocas; de la edad mía casi nadie. Para estudiar bachiller tenías que salir fuera, a Bilbao. Y entonces había un autobús a las ocho de la mañana y volvía a las ocho de la noche; y si no en el tren de carbón de Castro a Traslaviña y luego el de Santander a Bilbao. Pero, claro, era costoso y nuestros padres en esos años no estaban preparados para asumir esas cosas.

Me habría gustado ser comadrona. A algún parto asistí, cuando atendía Piedad Landaburu, la madre de José Jaime. Ella sabía y me llamó. Tenía quince o dieciséis años y me tenía que dar permiso la parturienta. Me gustaba un montón. Habría sido mi ilusión. Coger los niños, traerlos al mundo… ¡Qué gozada! Me quedé con las ganas. ¡Qué le vamos a hacer! Estuve durante tres meses interna en Polanco aprendiendo a poner inyecciones, quitar yesos, puericultura y hacía las  prácticas en el dispensario de Torrelavega y en el hospital de Valdecilla en Santander; estando allí se declaró el tifus y estuvimos en cuarentena. Tenía que haber enfilado por ahí, terminar el bachiller y hacer algo de eso. Habría sido una buena comadrona, porque me encantaba.

Por aquel entonces, sobre el año1957, se ponían muchísimas inyecciones y D. Javier el médico y D. Ildefonso el practicante me pedían que las pusiera yo cuando había mucho trabajo, en momentos puntuales. ¡Me daba un miedo!

A las minas, vino mucha gente de fuera, muchísimo emigrante. Las minas ocuparon todo El Alisal. Venía gente de Badajoz, Cáceres y Andalucía con macutos en los que traían sus pocas cosas. Era una vida bastante dura en las minas, tenían que meterse en galerías para sacar el mineral y alguno ya se mató allí. Las mujeres iban a lavar mineral a unos lavaderos. Me acuerdo de una señora que se llamaba Pepa que casi no tenía dedos; se le reducían por el desgaste, los tenía comidos de estar lavando con el frío en inverno. Una pena.

Yo tenía una hermana que se llamaba Begoñita. Era tres años mayor que yo; tenía trece cuando murió de leucemia. Lo tengo grabadísimo. Me dijo mi madre que se iba a morir y es un recuerdo muy triste, porque hasta los diez años siempre estuvimos juntas. Nos vestían iguales. Fue una pena, no se pudo hacer nada.

Mi madre era una mujer de casa, muy observadora, de carácter y muy inteligente. Mi padre era panadero y subía con un carro y un caballo blanco a repartir el pan a Alén. Tardaba todo el día en subir y bajar. Por el antiguo cuartel de Mercadillo, iba el lechero recogiendo leche con una camioneta. Yo iba con algún saco de pan hasta el cuartel, les esperaba y ya subía el pan el lechero. También le solía llevar el pan en una cesta a don Pepe Sota, que fue veterinario y vivía en Las Rivas; siempre me daba nueces, avellanas, caramelos… Así que yo iba encantada. Todos los días. Me gustaba mucho cuando venían los obreros a la panadería para empezar a hacer el pan. ¡Ese olor del pan! Cómo lo partían, lo pesaban, lo ponían en unas baldas para que subiera. Era muy bonito. El horno de la panadería se movía con una rueda y en tiempo de castañas las  asábamos.

Los domingos, una semana tocaba la música en el pórtico de La Baluga y otra en Mercadillo; un domingo aquí y otro allí. Íbamos al cine, que era el cine parroquial, y a todo correr, al baile, y a las diez en casa. Y luego teníamos Acción Católica. Allí nos tenía don Francisco, que yo tengo un recuerdo estupendo de él, el párroco que fue arcipreste también. Me bautizó él. Todos los domingos teníamos reunión. Luego empezamos a entrar en el bar Colisa. Fuimos de las primeras mujeres que entramos en los bares, sólo entraban los hombres y tú fuera. Y en el Colisa, en Mercadillo, empezamos a entrar como si fuese por el portal, a un reservado. Al bar no, a un reservado; y poco a poco, uno o dos años más tarde, al bar. Fuimos las primeras.

En mayo casi todos los días íbamos al rosario, con calcetines, velo y manga larga. Las mujeres no podíamos tocar el ara del altar. Luego ensayábamos todas las canciones de la Virgen con Txomin Etxaburu, el organista que vivía en El Castaño Viejo, y nos miraba por encima de las gafas si desentonábamos. Tenía un carácter… Tocaba el órgano y cantaba. Colaborábamos mucho en la iglesia, limpiando, adornando, en grupos de mujeres. Vivíamos alrededor de la iglesia. Íbamos al cine y a las películas les metían unos cortes que para qué;  no sabíamos de qué iba la película, y en el palco, detrás nuestro, estaban D. Francisco el cura, el hermano Jesús, todos lo de S. Viator y cuando mirabas para atrás veías las gafas de D. Francisco ahí, que relucían..

Y luego ha habido dos fiestas muy buenas: cuando vinieron la Virgen de Begoña y la de Fátima, que andaban por los pueblos. Coincidió la de Begoña con mi Primera Comunión. Hay unas fotos preciosas, todas con flores. Y cuando la de Fátima, igual. Esta subida de San Pedro parecía una avenida, con columnas forradas de hiedra. Precioso. En el pueblo se las recibía bien, con mucho calor, así que don Francisco, contentísimo. Y nosotras, felices. ¡Qué se yo hasta qué horas estábamos!, hasta la una o más. Se vivía mucho alrededor de la Iglesia y en casa te dejaban, porque  tenían confianza plena si era cosa de la iglesia. Como por Semana Santa, que estábamos de rodillas, en unos reclinatorios, velando al Santísimo, rezando, media hora o una hora. A veces nos daban ataques de risa mirándonos. ¡Qué cosas! ¡Con qué disfrutábamos y qué bien!

Me casé, tuve dos chicos; yo quería una niña, pero ahora estoy muy contenta con ellos, tenemos muy buena relación. Tengo una nieta y estoy encantada. El padre ha vivido a su aire, iba a trabajar, entregaba el dinero y ya con eso era bastante.

Cuando era yo muy cría  había una fragua ahí, donde está el jardín;  bajaron unos chicos con chatarra y entre ella había  una bomba, la arrimaron a las ascuas de la fragua, reventó  la chimenea, y a uno de ellos le impactó en el pecho; salió hasta la carretera y allí cayó. Le mató, claro, y eso fue para mí muy fuerte. Ni dormía ni nada. Tendría unos nueve años. Me impactó muchísimo.

Tengo recuerdos muy agradables. Uno tremendo, el de la inauguración del colegio San Viator. Había camareros con guantes blancos y pajarita sirviendo un lunch para todos, y muchísima gente. Yo era muy cría, diez o nueve años tendría. Había de todo para comer. Venían con las bandejas y aquello fue para mí tremendo. En un papelito le bajé a mi hermana algunos pastelitos; ya estaba mala.