Mª. del Rosario Camino Urrutia “Rosi” (1939)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Galdames el 1 de noviembre de 1939.

Para vivir hace falta una dosis muy grande de paciencia, de saber estar, de saberte callar, que a veces es difícil. Hay que ser rebelde cuando te tratan de atropellar. No rebelarte con violencia, sino decir: “No. Yo soy yo. Tú pasa, que tienes el camino libre”.


Mis padres se conocieron en Francia, eran refugiados. Pasaron mucha hambre. En el primer tren que habilitaron, porque las vías estaban cortadas, se vinieron para acá. Mi madre ya debía de venir embarazada de mí; luego aquí denunciaron a mi padre y estuvo en la cárcel, pero yo nací después. Así que estuve en el vientre de mi madre en la cárcel. Nací después de la guerra, con todas las necesidades y el hambre que pasó la gente. Porque la gente que ha nacido en la posguerra ha tenido muchas enfermedades.

Nací en Concejuelo, un barrio de Galdames. Fuimos cuatro hermanos. Mi padre era manco de guerra, muy necesitado de ayuda. Fuimos muy poquito a la escuela, de los siete a los nueve años; sobre todo yo, que era la mayor. Porque en los primeros tiempos teníamos un criado; era gente que tenía que trabajar por un pequeño sueldo y estar en casa. Pero luego eso ya se acabó, porque la gente se fue a trabajar a las fábricas y tuve que ayudar a mi padre en el campo, en el caserío. No era un padre tirano ni mandón; era normal, pero había que llevarle los ganados, darles de comer, llevar la leche y hacer infinidad de cosas de un caserío. Mi madre era bilbaína y de todo aquello no entendía nada.

A los siete años fui a la escuela y para los nueve dejé de ir. A los diez lavaba la ropa y todo. Era la hermana mayor y la hermana mayor en los caseríos es la que paga. O el hermano también, porque aquí no tienen distinción las mujeres de los hombres a la hora de trabajar en el caserío.

La fiesta era una vez al año, por Santiago, en la iglesia que estaba al lado de casa. Antes no se vivía como ahora, que hay cumpleaños y tenemos cantidad de cosas. Entonces se vivía con más miseria o más pobreza, pero se apreciaba el valor de las cosas. No había lo que hay ahora. Aquel era un caserío que tenía pan para todo el año, trigo, patata, alubia, maíz para los ganados… Tenía de todo para comer. O sea, había necesidades, no de alimento, pero quizás de cosas, de dinero, de comprar… Tampoco había las tiendas que hay ahora, no había dónde comprar. Hace sesenta y muchos años era muy distinto Sopuerta.

Vivíamos en terreno de monte, no había carreteras, tenías que bajar a Sopuerta con los burros todos los días la leche que se ordeñaba de las vacas. Como tenía nueve o diez años, me ayudaban a bajar las cántaras del burro; luego también se compraba el pan porque ya  no se sembraba trigo. Mi abuela tenía una artesa, un sitio especial donde tenían la harina cuando la pasaban por el cedazo para que fuera más blanco el pan. En una esquinita había un poco de masa que servía para hacer luego el pan quince días  después. Era la masa madre: un trozo de masa que se guardaba en la artesa, lo envolvían y lo tenían en una esquinita.

No había agua corriente en las casas, teníamos que ir a un pozo a buscarla y a lavar. En invierno se hacían unas charcas o pozas en la campa y allí lavábamos; había agua en cualquier parte. Pero luego en verano tenías que ir muy lejos a lavar, donde hubiera un río con un poco de corriente; incluso había que ir a Sopuerta a lavar, a El Carral. Bajabas la leche a la mañana y te ibas todo el día al río, allí de rodillas, lavando. Una vez a la semana, ¿eh? No como ahora, que lavamos todos los días un montón de ropa. Luego las cacharras de la leche las limpiabas y metías allí la ropa que retorcías. Y si no te cabía, ponías un balde encima y al burro lo subías.

Ahora han hecho pistas y les han echado gravas, pero entonces el camino era de barro. Los animales que bajabas cargados con la leche los subías cargados con pienso. A veces no podían; se quedaban atascados en el barro.

Vine a vivir a Sopuerta porque mi marido era de aquí. Vinimos a la casa donde él se había criado. También hemos vivido en Somorrostro una temporada, cuando eran pequeñas las nenas. A mí me gustan las casas solas, los sitios retirados, porque me crie en un caserío. Pero aquella no me agradaba porque estaba muy cerca de la carretera y pasaban muchos camiones que andaban rapidísimos;  Campsa llevaba el gasoil a las gasolineras  y también pasaban los de la mina de Alén. Aquello  tenía sus ventajas, porque había camioneros simpáticos que cuando alguien se ponía enfermo y tenía que bajar a Sopuerta, les hacías dedo y te bajaban. Eran muy majos. Yo he llegado a tener a mi hija con fiebre, he salido a la carretera y me han bajado.

Me habría gustado mucho estudiar y haber hecho una carrera. Me faltan los estudios. No he hecho nada de valor, nada que tenga mérito, he vivido la vida según me ha venido, sólo ayudar en casa. Ahora veo a mi nieta que va a hacer diez años y pienso: “Por Dios, ¡cómo iría yo con un burro y me pondría debajo de la vaca y sacaría leche!” Pero no me parece que tenga valor, sino que era una necesidad. Lo que una persona ha hecho por necesidad no es una cosa de otro mundo, es un trabajo.

El carnet de conducir lo saqué bastante mayor, con 44 años, porque tanto cuando vivía en Somorrostro como en Barrietas lo necesitaba para hacer recados, médicos..

.Aunque la pintura me relajó mucho, me dio mucho. Me hizo pensar: “Yo también puedo hacer cosas”. Era crear algo. No tendría mucho valor, pero me gustaba. Y al coro sigo yendo. Me peino y me marcho. Y en una hora no me acuerdo de nadie, estoy relajada.

Lo más importante en mi vida han sido mis hijas. Mi matrimonio ha estado bien y mi vida ha evolucionado mucho desde que me casé hasta hoy. La creatividad, ver mis posibilidades, descubrir otras capacidades…

Antes vivías con nada. En el caserío no había nada. Ahora tienes un coche, puedes conducir cuando quieres… Es un cambio tremendo. En el caserío comías pimientos cuando tenías. Comías una manzana cuando había manzanas. No tenías nada. Tenías gallinas, pero si ponían huevos comías y si no, no. Ni siquiera mataban terneros  porque se estropeaban; no tenían frigorífico ni cámaras ni nada.

No sé si ahora somos esclavas de los inventos A veces todo eso te tiene cogida, porque antes la vida de las mujeres que no se implicaban mucho en los caseríos era bastante libre. Ahora estás pendiente de todo. Vives más esclavizado de las cosas, de lo que tienes, y tienes que manejar cosas que antes que no tenías. Lo que nos han dado nos ha esclavizado. Somos mejores no teniendo cosas. Cuanto más tiene, más egoísta es la persona, porque las personas no hemos evolucionado nada. Antes había guerras, se maltrataban unos a otros, sucedían unas cosas horrorosas y siguen igual ahora. Las personas, por más tener, no son mejores. Y cuanto más tienen, peor.