Isabel Álvarez Ortiz “Isabelita” (1935)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Otañes el 11 de febrero de 1935.

La mejor actitud que se puede tener en esta vida es ser una persona buena. Si alguien te cae mal, no demostrarlo. No me caes bien, pero te aguanto un rato. No estar metiéndole cizaña a otro.


Nací en la provincia de Santander, en Otañes. Primero estuve en la escuela de Talledo, luego en una escuela que había en Las Muñecas y de ahí, con diez años, me marché interna a Bilbao al Colegio del Pilar. Allí estuve hasta los dieciocho años. Cada quince días nos dejaban salir a casa, pero para mí venir hasta aquí era mucho. Entonces nos íbamos a Artxanda o a Begoña, de paseo con las monjas.

Mi padre quería que estudiara farmacia y yo no. Le dijeron las monjas: “Pues si no quiere estudiar, más no podemos hacer”. Entonces aprendí cocina y costura, a hacer camisas de caballero. Sabía montar a caballo, me había enseñado mi padre que era el encargado del cable aéreo de la mina Sorpresa Taramona. Era muy decidida, ponía las cacharras de la leche en el caballo y por la noche venía hasta Las Muñecas, donde la recogía  La Carranzana. También he trabajado en la hierba con mis padres, había que hacer los fardos a mano. He hecho de todo y no se me han caído los anillos nuca. Muchos solían decir a mi padre “has tenido a la  hija en el colegio y resulta que ahora…” “¿Y eso qué tiene que ver? Que aprenda y que haga de todo”.  He hecho de todo en esta vida

Hace años las fiestas eran más divertidas que ahora. La del Castaño, La Lechuga, era muy famosa. Ponían a la entrada de la carretera una lechuga colgada. Era una romería de lo más típica, de pueblo, hasta las tantas con la música. El día de La Lechuga era un domingo y luego el lunes también era fiesta; había carrozas que iban hasta el ayuntamiento. Una fiesta muy original.  Allí conocí yo a mi marido, Antontxu. Empezó a hablar con un tío mío que ya se murió; bien joven le mató un rayo. Allí empezamos y hasta hoy con él. Nos casamos un domingo, no se podía en día de labor porque había que abrir la carnicería.

Un cura de Sopuerta, un tal don Francisco, me decía: “No puedo creer, Isabelita, que una chica educada como tú se case con un carnicero. ¿Ya sabes lo que te espera?”. “El amor es ciego, don Francisco”, le decía. Y así fue, me casé con el carnicero. Y después de casada, tres años viví con mis suegros. Cuando se jubilaron empecé a bajar a la carnicería.

El oficio de carnicera lo aprendí fácil. Para eso Antontxu tenía paciencia. Mi suegra también me enseñaba. Entonces era un poco más difícil que ahora porque había que cortar los filetes con la carne colgada, no había dónde apoyarla;  ahora tienes el mostrador y atrás una mesa. Sólo había picaderos para las chuletas, para picar cordero y huesos. No había todas esas historias que hay ahora. El picadillo se hacía a machete.

Como consecuencia de mi trabajo, tuve la enfermedad del “codo de tenista”  y ya le dije al médico: “Yo no juego al tenis, juego con el machete”

Cuando empecé en la carnicería, a la mañanita arriba; allí me pasé la vida mañana y tarde, porque entonces no se cerraba como ahora, que los lunes y los sábados por la tarde cierran. Hasta el día de jueves Santo se abría por la mañana y despachaba a mucha gente cuando bajaba de misa. Mi vida era levantarme cada mañana, bajar a la carnicería, subir a casa a comer y a las cinco de la tarde abrir la carnicería. Antontxu igual estaba en Bilbao, a eso del fútbol o estaba en otro sitio. La que más horas se tiraba en la carnicería era yo.

Mis padres ya habían venido a vivir con nosotros y mi madre me cuidaba a los hijos. Luego ya empezó mi marido a meterse en líos: que si el fútbol, que si los bolos, que si los festejos, los toros… De toda la vida ha habido toros en Sopuerta; primero mi suegro con unos amigos, Saratxaga y Pablo, y después, cuando ellos ya lo dejaron, siguieron mi marido y dos cuñados míos, Rafa y Juan Domingo. Años y años estuvieron dando los toros. A mí me gustan mucho.

Al principio, me costaba. Yo era muy educadita y algunas empezaron a decir que era una chocha porque trataba a la gente con mucha educación. A las personas mayores las trataba con todo el respeto del mundo, pero a la gente joven, si había que decir un “recoño”, decía el “recoño”. No quedaba otra, porque decían que era una chocha. Porque yo estaba acostumbrada a otra cosa.

La gente mayor iba con un platito, o con una hoja de berza o del árbol platanero, no había papel para envolver. Entonces no se vendían filetes como ahora, sino carne de puchero y picadillos. He tenido clientas cuyos  maridos estaban trabajando y, cuando hubo el paro, me decían: “Isabelita, no puedo llevar más que un huesillo para hacer un poco de caldo”. Y yo les decía: “Lleva todo lo que te haga falta y el día que trabaje tu marido, me lo pagarás”. Les estuve dando un tiempo la carne y me lo agradecieron en el alma. Había un libro y se apuntaba, porque la gente hasta que cobraba no te podía pagar. Yo con la gente siempre he tenido una buena relación y me he llevado bien.

Luego ya la gente te pedía zancarrón, rabadilla, pierna, un delantero de cordero, un trasero, cinta de chuletas… Vendías cordero en Navidad. El resto del año no. Tuvimos una furgoneta grande y mi marido recogía corderos por aquí, por Sopuerta, e incluso Arcentales y Villaverde. Los llevaba a Baracaldo y a Las Arenas, pues mis cuñados tenían carnicería en Las Arenas. Conejos, por ejemplo, al principio no se vendían.

Gente ya venía; claro, algo tenían que comer. Porque, encima, pescado aquí no había. Venía en el tren de Castro a las ocho de la mañana, una mujer lo recogía en la estación de El Castaño e iba a venderlo por las puertas con un cacharro en la cabeza o con una burra con cestas. Las cajas tenían helechos y encima ponían el pescado.

Una noche estando en la cama sentía ruidos, me levanté, salí al pasillo y sentí unos golpes en el camarote. Abrí la puerta  y estaba ardiendo. Empecé a gritar y levanté a todos. Antontxu sacó el coche y unas bombonas de gas que había ahí. Para entonces ya se había quemado toda la cuadra en la que habría dos o tres mil fardos de hierba. Eran las fiestas de Mercadillo y uno de los de Humaran vio llegar a Antontxu con Carlos a esas horas donde la madre y dice: “Antontxu, ¿qué andas?” “¡Que se me está quemando la casa!”. Entonces marchó corriendo a la fiesta y vino mucha gente a ayudar.

Nunca he estado controlada por mi marido, la que recogía el dinero en la carnicería era yo, iba donde me daba la gana y mi marido nunca me ha pedido cuentas de nada, jamás.