Francisca Castaños Ortiz (1931)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en Galdames el 19 de septiembre de 1931.

Lo bueno es vivir en paz, en paz y en gracia de Dios.


Fui a la escuela en San Pedro hasta los diez años. Vivíamos en La Aceña un barrio de Galdames. Mi madre y yo. No recuerdo a mi padre. Él también trabajaba en la mina de capataz. Se murió siendo yo muy niña, cinco años y también dos hermanos un poco más mayores que yo. Mi madre siempre lo contaba, que en trece meses se le murieron dos hijos y el marido.

Toda la gente del barrio dependía del trabajo de la mina. Era de Altos Hornos. Para ganarnos el pan, mi madre cosía pantalones. Después en cuanto aprendí yo me puse a trabajar con ella y además de pantalones cosíamos más prendas.

Para ir a la escuela teníamos que ir andando calzando las almadreñas, que son unos zapatos de madera que se calzaban encima de las alpargatas. Un vecino le ponía tachuelas en la suela para que no se desgastaran tanto y duraran más. En la escuela no duraban las maestras, tuve por lo menos siete. Les poníamos motes, a una la llamábamos “el cuervo”. Los chavales se lo llamaban por un agujero de la pared. Si hacíamos travesuras nos dejaban sin salir al recreo.

Volvíamos a casa a comer algo y después de vuelta a la escuela, todo andando. En mitad del camino había un fuente en una zona que se llama Arenaza, y cuando íbamos llegando echábamos a correr y decíamos: primera para beber, segunda, tercer….” Subíamos sacando la lengua cuando hacía mucho calor y pasando mucho frio en invierno. Solo pude aprender las cuatro reglas de ortografía y matemáticas, cuando me marche de la escuela era la más joven.

Fui  a vivir con mis tíos al barrio de Arce en Sopuerta. Por la mañana ayudaba a hacer las cosas de casa y a cuidar a mis primos que eran cuatro, más jóvenes que yo, mientras los tíos trabajaban en el campo, en la labranza y con el ganado y por la tarde iba a la costura donde Emilia Garai, que aprendió a coser con Teófila Adrada, que tenía una academia de corte y confección en Bilbao. Mi madre con mucho sacrificio pagaba 8 pesetas para que me enseñasen a coser. Los fines de semana iban andando hasta La Aceña para estar con ella.

Después me puse a coser con mi madre Hermenegilda Ortiz, que nació en agosto de 1988, aprendió costura con doña Fe, que es tía de una chica que tiene el mismo nombre que vive en Mercadillo.

Trabajábamos para la gente de la zona. Cosíamos de todo pero sobre todo pantalones. Cuando aquello había mucha más gente en el barrio y en el pueblo. Estuve 38 años cosiendo con mi madre, solas las dos. Me levantaba a las seis de la mañana para poder sacar más trabajo y sacar unas “perrillas” más. Mi madre hacia un poco de comida, se paraba lo justo para comer y vuelta a coser.

Muchas chicas de mi edad se marcharon “a servir” a casas a otros pueblos. Yo no me marchaba por mi madre. No quería dejarla sola.

Había gente pagadora, pero también teníamos quién nos lo dejaba a cañón como se suele decir. Tomábamos las medidas, les decíamos para tal día esta y recogían el paquete y decían “ya te lo pagara mi madre, o ya pasará mi padre…”, y allí no llegaba nadie a pagar.

Fueron tiempos muy duros…, después de la guerra. Pero estaba contenta con lo que hacía. No pensé en trabajar en otra cosa. En un tiempo sufrí de dolores de espalda por la postura al coser y el médico me dijo que tenía que descansar de ese trabajo. Me ofreció trabajar en su casa, haciendo las labores y cuidando de un niño que tenía. Estuve tres meses  hasta que se marcharon a otro pueblo. Si llegan a quedarse en Galdames habría seguido. Volví a coser y volvieron los dolores de espalda.. Hasta que me casé Después nació mi hija, once meses después de casarme.

Una de las minas del barrio estaba donde ahora está construido el campo de futbol. Allí estaba el pozo de la mina. Tenía galerías subterráneas que iban hasta la carretera para arriba en dirección a San Pedro. De allí salían los hombres completamente mojados de trabajar. Fueran tenían el lavadero para escoger las piedras del mineral. Las chicas que eran más mayores que yo iban allí a trabajar. Al aire sin tejado que les protegiese un

Vivimos el racionamiento. Nos daban unos “richis” pequeñitos de pan, uno para todo el día y mi  madre no lo probaba para dejármelo a mí. Gracias a que en donde mis tíos, había huerta y cogíamos patatas y alubias para comer.  Teníamos una cartilla de la que cortaban un sello cuando ibas a pedir la ración y el que lo hacía estaba muy atento para que no se le olvidase y no pudieses volver otra vez a pedir.  Las raciones eran muy pequeñas, aceite, que no llegaba ni a un litro, medio kilo de arroz y unas pocas  patatas. El pan era moreno, se hacía con somas y todo; luego, cuando empezó a venir el pan blanco, decíamos  “viva Franco que nos trajo el pan blanco”. Las raciones las daban en la cooperativa de la mina, y allí también comprábamos la comida que podíamos pagar. Era también de Altos Hornos. La llamaban  “La Compañía” o “La Berango” El pescado, cuando nos lo podíamos permitir, se lo comprábamos a las sardineras que venían desde Santurtzi andando descalzas con sus cestas a la cabeza.

No había celebraciones, ni regalos de  cumpleaños. En Reyes traían algo, unas nueces o  unas avellanas.  Una vez mi madre me dio un duro y una tableta de chocolate, se lo enseñe a mis amigas y después a volverlo a casa  porque no teníamos más dinero.  Nunca tuve ropa nueva,  para vestir se aprovechaba la ropa vieja que había, se arreglaba, como dice el refrán “que contenta estoy, que me ha hecho mi madre unos pantalones nuevos de unos viejos de mi padre”. La ropa me la hacía mi madre. A los abrigos cuando se gastaban por un lado, se les daba la vuelta.

Me acuerdo de ver a las mujeres echar soletas (remiendos, cortaban lo roto y ponían un trozo de otro para tapar) a los calcetines. Aprovechaban uno muy viejo para poner soleta nueva a otro. En las familias había muchos hijos y había que mirarlo todo.

Las fiestas y el baile se hacían en la plaza del barrio. El suelo era todo de tierra. Se levantaba una polvareda. Era polvo de mineral, se ensuciaba la ropa. Mis tíos vivían en otro barrio en Soberron que está más arriba, decían que los días de baile parecía que había fuego, del polvo que se levantaba, se veía salir para arriba y al ser de mineral parecía que había fuego.

Mi madre, como viuda de un trabajador de la mina, tenía derecho a unos sacos de “escarabilla”, que eran piedras pequeñas de carbón. No sé porque motivo, pero nos debían unos cuantos, se retrasaron en la entrega y se acumularon. Como no los necesitábamos, mi madre los vendió y con lo que sacó y un poco más, compró una pequeña cocina con dos fuegos de butano. Fue un adelanto terrible la cocina.

Cuando me case vine a vivir a Sopuerta. Mi marido tenía piso y trabajaba en el colegio San Viator, de chofer de autobús,   quedaba más cerca de su  trabajo y del colegio de la hija.

De viaje de novios fuimos por España en un Seat 1500. La única vez que he salido del pueblo. Estuvimos en Madrid, Toledo, Guadalajara, Segovia….

Venir a vivir a Sopuerta fue un gran cambio. Antes vivíamos en una casa sola y vieja, y vinimos a un piso nuevo. A mi hija no le gustaba nada, le pareció un horror, no podía correr, ni meter ruido por los vecinos y no estaba acostumbrada. Para mí era mucho mejor, más comodidades, tiendas y ambiente, además tenía muchos conocidos de cuando estuve viviendo con mis tíos y hacia los recados.

Por las tardes salíamos varias vecinas a charlar y tomar el sol a los bancos del parque. Se hizo un grupo de “promoción de la mujer”. Nos daban clases en un local de la casa cural que llamaban la catequesis en Mercadillo. Venia una chica de Bilbao con la que aprendimos muchas cosas; hacíamos cuentas, dictados, manualidades, e incluso aprendimos a hacer turrón.

Ahora mucho más reciente iba al hogar del jubilado, hace un año me dieron una placa cuando hice los 85 años. Me hizo mucha ilusión. Pero ahora ya no vengo, me he cansado.

Durante la guerra, trajeron hombres que estaban presos a trabajar en la mina. En lugar de estar detenidos en el cuartel los llevaban custodiados por soldado a trabajar en la mina. Iban cantando una canción que decía: “San Pedro está en la gloria  y San Esteban en el cielo, La Aceña en el purgatorio y en La Escarpada el infierno”.