Alejandra Martínez Ceballos (1948)

Mari Efi Pérez Elexpek egindako elkarrizketa – Entrevista realizada por Mari Efi Pérez Elexpe


Nacida en México  el 8 de septiembre de 1948.

Lo principal en la vida es estar contenta contigo misma. Que tu actividad, lo que hagas, sea lo que tú quieres. Que te sientas bien con lo que estás haciendo. Es muy importante. Y también aceptar a la gente como es,  no  como  tú quieres que sea.


Nací en México y con nueve años vine a Sopuerta. Antes, a los seis, también vinimos y estuvimos aquí año y medio. Para mí esto era el paraíso, porque en México nunca salía a la calle, no tenía amigos, no iba al colegio. Mis hermanos sí iban, pero yo no; me tenían entre cuatro paredes. Cuando vine a Sopuerta, conocí a otras niñas como yo, que salían a la calle y se me hacía una cosa tan rara… Disfruté mucho aquel año aquí. Me hice unas amigas con las que sigo en contacto. Mis padres se quedaban en Las Muñecas en casa de mi abuelo, y a mí me dejaban en La Baluga, en casa de una hermana de mi tía. Esa casa para mí era la felicidad completa, porque estaba todo el día en la calle con otras niñas.

Cuando nos vinimos de México definitivamente, nos fuimos a vivir a Bilbao. Allí empecé a ir al colegio. No me gustaba. Me gustaba la libertad de Sopuerta. Además, como nunca había ido al colegio, no sabía nada. Aprendí a leer y a escribir con más de nueve años y me enseñó Eve, la hija de Encarna. Llevaba un retraso tremendo. Poco a poco me fui incorporando y lo sobrellevaba. Pero nunca me gustó estudiar. Esperaba a que llegara el viernes por la noche y cuando llegábamos a Sopuerta, era otra cosa. Ya vivía, eso era vivir. Tenía mis amigas, íbamos al cine y jugábamos en la carretera y en la campa de Santa Ana. Hacíamos excursiones. Nos ponían la merienda y subíamos al monte. Lo pasábamos fenomenal.

Cuando terminé el bachiller elemental le dije a mi madre que quería ser maestra y me dijo que ¡nanay de la China! No me dejó hacer Magisterio, no estaba bien visto. Me dijo que tenía que terminar el bachiller, me callé, obedecí y seguí con el bachiller.

Mientras, seguía viniendo a Sopuerta. Los domingos íbamos a misa, en latín, a las ocho de la mañana, con velo y falda larga y mujeres y hombres separados;  por la tarde al Rosario y a la Bendición. Eran unas misas preciosas, sobre todo en las celebraciones especiales: el Corpus, la Ascensión… El altar, muy iluminado, con muchas flores. A los chicos de San Viator los ponían alrededor del altar vestidos de cruzados, con casco y todo. Y luego estaban las banderas de Acción Católica. Las abanderadas me daban una envidia… Me habría encantado ser abanderada. Salían al altar en la Consagración e inclinaban las banderas. La iglesia llenísima, a tope. Cantaba el coro de San Viator, de los chicos. Y nosotras mirábamos a los chavales; con disimulo, desde detrás del púlpito, para que no te vieran los curas.

Salías del rosario y te ibas al cine. Había dos señoras mayores, Asun e Inés, que ponían los tenderetes con sus caramelos. Para el cine nos daban una o dos pesetas. Con lo que te sobraba de la entrada, una perra o diez céntimos, comprabas un pénjamo, un caramelo de los gordos verdes de menta o bolitas de anís. Nos daban una gozada de películas. Aplaudíamos cuando ganaban los buenos. Recuerdo los bancos de madera. Luego inauguraron el cine nuevo, con butacas, ya era otra cosa. Pero yo prefiero el cine viejo. Aquellas películas que cortaban cuatro y cinco veces durante la sesión. Y luego, al baile. Bailábamos chica con chica al principio y luego venían los chicos. Y como decían que tenía que correr el aire entre la pareja y los chicos intentaban acercarse, les ponías la mano en el hombro y los empujabas para atrás. Había  un señor, Alfredo, que tenía un tocadiscos y ponía el disco que quería, y cobraba a los chicos por bailar, a las chicas no.

Las romerías eran una gozada. Estabas esperando todo el año a que llegaran, porque te dejaban quedarte hasta más tarde. Tenías que estar en casa a las diez y, como querías estar allí hasta el último segundo, ¡qué carreras luego para llegar a casa!

Las fiestas empezaban siempre con la misa mayor. Después había concursos de tartas o bolos. Por la mañana, pasacalles; a las diez salía del Crucero tocando pasodobles. Tiraban cohetes y sonaban las campanas. Después te quedabas por la campa. Ponían dos o tres txosnas y tocaba la banda de Sopuerta. Luego había juegos para niños: coger una manzana o pasar un palo por unas cintas. Por la tarde había bolos y toros en La Baluga. Eran muy famosas las corridas de Sopuerta. Venían buenos toreros. Hacían paseíllo con las manolas; cada años a cuatro chicas del pueblo les tocaba hacer de manolas; las más lucidas. Iban con mantillas y estrenaban vestidos elegantes. Primero paseaban alrededor del coso y luego subían a la presidencia. Me daban mucha envidia; yo quería ser manola. Nunca fui, pero verlas ya era un placer. Llevaban peinetas altas con unas mantillas preciosas. Muy bonito.

Terminé el bachiller y a los veinte años me fui a Irlanda a estudiar inglés. Estuve todo un curso interna en un colegio fenomenal. Aprendí inglés y me ha venido muy bien en la vida. Cuando volví de Irlanda hice perito mercantil. Pero no me gustaba y al final hice lo que me gustaba: enseñar. Justo en aquel momento se abrió aquí el colegio de las chicas. El director, el cura don Jesús, me preguntó si quería dar clases de inglés y me abrió las puertas del cielo. Estuve hasta el primer año después de casada. Tuve un paréntesis, dos hijas, la gente del pueblo me empezó a pedir que diera clases particulares, empecé a dar inglés en casa con cinco o seis niños y llegó un momento en que tenía 40, así que puse como una escuela en un local que había sido un gallinero. Mi hermano el cura, que es un manitas, una de las veces que vino de África, porque era misionero, me lo preparó, compramos unas mesas y unos pupitres y así hasta que me llamaron de San Viator y estuve allí unos años, hasta que tuve otro embarazo malo, tenía que estar en la cama y no pude seguir. Luego, cuando cumplí 50, me dediqué a a pintar, a hacer punto y a leer en mi tiempo libre.

Me gusta mucho hacer punto y siempre había alguna que me venía a preguntar: “Oye, Alejandra, ¿esto cómo lo hago?” Nos sentábamos en la calle y dijimos: “Oye, ¿por qué no hacemos un grupo? Así, en vez de estar la calle, vamos a un local”. Y empezamos a reunirnos en el batzoki los miércoles. Empezamos muy pocas y acabamos siendo unas veinte. Hacíamos punto o labores. Mi suegra, Tere Arribas, que sabía mucho más que yo, fue la profesora.

Luego decidimos hacer una asociación. Empezamos a preguntar a las personas que nos parecía que podían ayudarnos. Todo el mundo decía “¡Qué bien!”, pero nadie quiso comprometerse. Ese fue el primer intento. Lo dejamos y dos años después nos preguntaron mi sobrina Citrali y Aitziber Saratxaga que si estábamos interesadas todavía en la asociación, que ellas nos ayudaban. Nosotras encantadas. Pusimos carteles por el pueblo para convocar a las mujeres a una reunión. Asistieron bastantes, todas con ganas de trabajar, y quedamos en hacer una segunda reunión. A esa se presentó Feli, cogió las riendas, empezó a hacer los trámites y así nació la asociación. Hoy somos más de 300. Empezamos con cursillos de ganchillo, trabajos manuales, inglés… Luego ya vinieron gimnasia, pilates y todas las actividades que tenemos ahora. Todos los años hacemos una excursión cultural y siempre buscamos un buen restaurante. Se han hecho excursiones muy bonitas y lo pasamos en grande. Me parece muy importante que podamos desenvolvernos en  otros ambientes. Y se ha logrado.