La muerte de un balmasedano en la Guerra Civil

El abrazo de los muertos

de José de Arteche Aramburu

El abrazo de los muertos-Portada-Web

Portada original

En el artículo publicado sobre los balmasedanos muertos durante la Guerra Civil, mencionamos a Dimas Gutiérrez Arzuaga, un joven de diez y nueve años que pereció durante la contienda en Aramayona.  Ahora, gracias a la colaboración de Mikel Diego, miembro de Lemoatx1937, tenemos noticias de sus últimos momentos.  Son citados con crudeza y realidad en el libro “El abrazo de los muertos” del escritor guipùzcoano José de Arteche Aramburu, publicado en el año 1970 por la Editorial Icharopena/ Itxaropena.

Portada original

Portada censurada

Un libro fue censurado por la dictadura durante veinte años, siendo distribuido entre las amistades del autor de forma clandestina.  Finalmente, se permitió su publicación a condición de que la tirada fuera de 300 ejemplares, que se agotaron inmediatamente.  Pero no se aceptó la portada propuesta, realizada por el pintor Antonio Valverde, amigo del autor, teniendo que esperar 37 años más para ser publicada en la nueva edición de la Editorial Espejo de Tinta.

Extensa obra literaria

El abrazo de los muertos, un relato autobiográfico de los tres años que estuvo en la guerra, es el libro más ambicioso y profundo de José de Arteche, pero su obra publicada es extensísima y abarca numerosos registros. De formación autodidacta -abandonó sus estudios a los 14 años-, comenzó a colaborar muy pronto en periódicos y revistas, tanto en euskera como en castellano. La revista Zeruko Argia, el boletín de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País o Vida Vasca, o los periódicos La Voz de EspañaLa Hoja del Lunes de San Sebastián, HierroLa Gaceta del Norte o Informaciones, entre otros publicaron sus colaboraciones.

Más trascendencia tienen sus biografías de vascos ilustres: San Ignacio de Loyola (publicada en 1934), Elcano (1942), Urdaneta (1943), Legazpi (1947), San Francisco Javier (1951), Lope de Aguirre, traidor (1951), Saint-Cyran(1959), El Cardenal Lavigerie (1963) y El Cura de Areyzaga. De ellas sobresalen sobre todo las dedicadas a Lope de Aguirre y al abad de Bayona Saint-Cyan, en quienes explora en clave de ensayo el alma vasca.

Además de numerosos apuntes constumbristas y paisajísticos, Arteche escribió cuatro obras autobiográficas: Diario 1935 – 1936 (inédito), Mi viaje diario (1950), La paz de mi lámpara ( 1953), Siluetas y recuerdos (1.964),Canto a Marichu (1970), El abrazo de los muertos (1970). El gran asombro(1971) y Un vasco en la posguerra. Diario 1939-1971 (1975).

José de Arteche murió un año después de la publicación del libro. Fue sin duda la obra que más contribuyó al deterioro de su salud, tanto antes como después de su publicación. Falleció a consecuencia de un infarto de miocardio el 23 de septiembre de 1971.

Jon Juaristi

«Sin dejar de ser vasco soy capaz de sentirme castellano, aragonés, extremeño, andaluz y portugués al mismo tiempo. Concibo la patria española desde Creus al cabo de San Vicente, desde Finisterre al cabo de Gata y desde Irún a la última roca de Gibraltar con toda la fecunda complejidad de sus diferencias… Me considero más patriota que muchos vociferadores de hoy, porque soy capaz de comprenderlos y comprender al mismo tiempo lo que jamás comprenderán: las reacciones que su exclusivista manera de ser provoca en quienes no son patriotas ni sienten el patriotismo a la manera de ellos». Todavía recuerdo la emoción que me produjeron estas líneas cuando las leí por vez primera, hace cuarenta años. Arteche se refería al exclusivismo castellano, pero a mí me curaron o contribuyeron decisivamente a curarme del exclusivismo vasco. Fueron escritas en agosto de 1937, siendo Arteche suboficial en un Tercio del Requeté. Porque Arteche, miembro del PNV al estallar la guerra civil, aprobó, como el viejo escritor nacionalista Avelino Barriola, el golpe militar del 18 de julio, y fue, en consecuencia, tildado de traidor por los suyos. Tuvo la oportunidad de huir a Francia. No lo hizo: se quedó en Guipúzcoa hasta la entrada de los nacionales, salvando a presos de derechas de paseos y fusilamientos, e hizo lo que pudo desde las filas del Requeté para suavizar la terrible suerte de los prisioneros republicanos. Su diario de guerra, El abrazo de los muertos, recoge sus experiencias como combatiente de primera línea en los frentes de Vizcaya, Aragón y Valencia. No conozco un testimonio literario de la contienda tan noblemente humano, en el mejor sentido, y en esto coincido con vascos de ideologías y credos diversos, como José Miguel de Azaola o Antonio Elorza, por citar sólo dos ejemplos.

Jon Juaristi en el blog: la biblioteca fantasma: reseñas de libros viejos – 2005-2012

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El relato del libro

En las páginas 85 y 86 del libro publicado en el año 1970, el escritor narra los últimos momentos de la vida de Dimas Gutiérrez Arzuaga cuando se acerca al muchacho tras la toma del alto defendido por los republicanos.  Reproducimos a continuación las dos páginas del libro por tratarse de un relato relacionado con un joven balmasedano muerto en la Guerra Civil.

“… Está herido en ambas piernas; intensamente pálido, destila por la boca una baba espesa, lechosa.

En la cumbre hay un rojillo muerto. Tiene cara de minero; parece tener bastantes años.  Me llama la atención su buen equipo.  A cierta distancia hay otro muchacho, muerto también al parecer.  Una fuerza extraña me lleva a su lado.  No sé por qué me parece que aún vive.  Está caído hacia atrás, el cuerpo completamente curvo, pero sin que las plantas de los pies hayan perdido el contacto con el suelo, los ojos vueltos, totalmente blancos.  Acercándome le pregunto, arrodillado, casi al oído:

-¿Sabes rezar, muchacho?

No contesta.  Insisto.  A mi lado, de pie, se haya ahora un sargento de la Compañía que me parece está aquí poco más o menos como yo.  Junto con él rezo clara y lentamente, vertiendo al oído del presunto agónico el Padre nuestro, el Ave María, el Gloria.  En el instante mismo en que terminamos el último amén, se dibuja en la cara del muchacho un gesto de entrega: su cabeza se rinde a un lado, ya roto el hilo vital.

Me viene al momento el recuerdo de un detalle de una vieja lectura; creo tenerlo todo leído en un libro de Hugo Benson que el oído es el último sentido que muere.  Seguramente no nos morimos tan pronto como creemos; los hombres muertos al parecer nos escuchan en ese espacio que separa la muerte aparente de la muerte real.  Y probablemente en ese espacio de tiempo ocurre lo esencial.  Este chico me ha debido de oír antes de expirar.  La verdad es que siento adentro del alma una tranquilidad rara; me invade cierta extraña alegría.

Un soldado se acerca y registra el cadáver.  Tiene seis reales.  Me quedo con su carnet del Socorro Rojo Internacional extendido a nombre de Dimas Gutiérrez, de Valmaseda, de diecinueve años de edad.  Antes de alejarme le miro por última vez.

-Amigo mío que llevas el nombre del arrepentido de última hora –le digo interiormente-.  Yo estoy seguro de que volveré a encontrarte.  Tengo la seguridad de que algún día saldrás al encuentro de un amigo imprevisto cuya alma, a pesar de las apariencias, no tenía uniforme, y que se te acercó al final de un combate, en tu postrero minuto, a repetirte al oído las oraciones de tu niñez.

Desde la loma conquistada se domina el espléndido valle de Aramayona.  Recorro la posición recogiendo los periódicos, revistas y papeles tirados por todas partes.  Hay también muchas tarjetas postales en blanco con membrete de la columna Meabe.  Hojeo una revista anarquista muy bien presentada en cuyo texto priva la preocupación sexual y donde hay, entre otras, unas atrocidades contra la Santísima Virgen María, y consejos para la cura de la sífilis.  Me llama la atención un periódico cenetista con un artículo de protesta de un cierto intento de repetir otro abrazo de Vergara.

Cerca de la cresta, que las bombas han llenado de profundos cráteres, un barracón de bastante confort ostenta señales inequívocas del paso reciente de mujeres.  Esparcidos por el suelo, medias, jabones, zapatillas.

Formamos para entrar en el pueblo de Uncella.  Algunos obstinados nos tirotean aún desde la cumbre del Muru.  Los caseríos del pueblo estaban desalojados…”

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